sábado, 24 de enero de 2026

ESTEBAN ECHEVERRÍA

Por José Antonio Artusi

José Esteban Antonio Echeverría Espinosa nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805 y murió en Montevideo a los 45 años, víctima de la tuberculosis, el 19 de enero de 1851.

Fue uno de los escritores y poetas argentinos más talentosos del siglo XIX. Se lo considera el introductor del romanticismo en nuestro país, tras regresar de París, donde cursó diversos estudios entre 1825 y 1830. Pero fue también un pensador que se dedicó a cuestiones políticas y económicas. Integró un grupo de intelectuales y políticos que fue conocido como la Generación del 37, junto a Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez, con quienes entabló una estrecha amistad y una postura ideológica común. Participó en el Salón Literario, tertulia creada por Marcos Sastre para debatir cuestiones culturales que no excluían la política. Félix Weinberg señala que “hizo Echeverría, desde esa tribuna y por vez primera en el país, un minucioso inventario de los factores negativos que en los más diversos ámbitos frenaban el progreso nacional al tiempo de verificar el divorcio enorme entre los propósitos transformadores de la Revolución de Mayo y la agobiante realidad, perduración de la Colonia”. Obviamente, Rosas no pudo tolerar la osadía de esos jóvenes comprometidos y mandó cerrar el Salón Literario en enero de 1838. El 23 de junio de ese año se realizó una reunión en la que se resolvió crear una nueva entidad, abiertamente política, a la que se denominó Asociación de la Joven Generación Argentina. Echeverría fue designado presidente y se le encomendó redactar un texto que condensara la doctrina del grupo. La primera versión de ese documento, denominada “Código”, apareció en el periódico El Iniciador de Montevideo en 1839. La Asociación había dejado de funcionar a fines de 1838, para evitar la represión del régimen rosista.  Weinberg recuerda que, ya en el exilio, “reeditó Echeverría en Montevideo el texto - un tanto retocado – del Código, al que ahora rebautizó con el nombre de Dogma Socialista, el cual, dicho sea de paso, apareció entonces por vez primera en forma de libro… Con la publicación del Dogma Socialista en setiembre de 1846 se cierra virtualmente el periplo de la Asociación de la Joven Generación Argentina. Según parece, Echeverría en ese momento intentó revivirla en Montevideo, pero no tuvo éxito”.                       

Beatriz Bosch señala que “el 19 de septiembre de 1846 Esteban Echeverría envía a Urquiza el recién aparecido Dogma Socialista, junto con una epístola incitadora. Ha de saludarlo cual “primer grande hombre de la República Argentina”, si llega a ponerse al frente de un partido nacional, a equidistancia de unitarios y federales. Que reactualice los principios democráticos de Mayo e instaure un sano régimen federativo basado en la soberanía e independencia de cada provincia. Que fortalezca el sistema municipal y garantice la fraternidad, la libertad, y la igualdad de derechos y deberes en todos y cada uno de los miembros de la familia argentina.” Pocas veces en nuestra historia un intelectual ha asesorado de manera tan brillante a un decisor político. Weinberg expresa que “Urquiza no respondió entonces; lo hizo unos años más tarde, con el Pronunciamiento y la campaña contra Rosas que culminó en Caseros. Echeverría falleció el 19 de enero de 1851 en Montevideo; no pudo, por lo tanto, verificar lo que fue una verdadera profecía suya. Los ideales de la Asociación orientada por Echeverría sobrevivieron en las Bases de Alberdi y en la laboriosa actividad de Gutiérrez, diputado del Congreso que en 1853 sancionó la Constitución Nacional. La Argentina moderna cuenta a Echeverría entre sus más tempranos y lúcidos propulsores”.    

Si, por lo antedicho, el pensamiento político de Echeverría es más o menos conocido, es mucho menos extendido el conocimiento del carácter y la significación que tuvieron sus ideas en materia de política económica. Héctor Raúl Sandler considera que “fue don Alfredo L. Palacios quien tuvo el acierto de designar a Esteban Echeverría “albacea” del pensamiento de Mayo… Por la fineza de su espíritu pudo catar Echeverría el pensamiento de Mayo como ningún otro. Pero vio también que el impulso de esta fuerza era inviable por causa del paralizante enfrentamiento entre unitarios y federales”. A la luz de este planteo, podríamos afirmar que Esteban Echeverría fue quien vio primero y con más lucidez ese enfrentamiento que en otra columna hemos denominado la gran “falsa contradicción fundamental” de la Argentina del siglo XIX. Continúa Sandler señalando que “a partir de esta comprensión y convicción aplicó todas sus energías espirituales en la tarea de bocetar los principios de orden a los que deberían ceñirse nuestras instituciones para que aquella fuerza, que impulsaba la emergencia de una patria diferente, alcanzar a ser una efectiva nueva nación en el mundo. En términos breves digamos que Echeverría fue propulsor de la democracia social argentina. NO cualquier democracia. Una que era posible para toda la humanidad, pero cuyo modelo ejemplar nosotros debíamos iniciar. Una democracia social de individuos muy individuales (si se me permite la expresión), en la que pudieran ser libre en todas las esferas de la vida, tratadas sin excepción en un pie de igualdad, y sobre todo, vivir unidos por un sentimiento fraternal. Con ese fin dedicó sus máximos esfuerzos – incluyendo sus obras literarias y poesías – a pensar sobre esos principios institucionales. La mayoría de ellos, vía el legado que cumplieran hombres como Juan Bautista Alberdi, fueron receptados en la Constitución de 1853. Sin embargo, este autor nos advierte acerca de la falta de atención que mereció el pensamiento económico de Echeverría: “uno de sus principios - quizás el más fundamental -… fue descuidado. Es posible que en los 1860 no pudiera ser receptado por falta de suficiente comprensión por parte de los hombres de la época, por dificultades materiales de toda índole o por el afán de hacer rápido a la nación, aunque sea mal, pero hacerla. Esta omisión no se sintió en las primeras décadas de vida institucional; pero a poco andar comenzaron a notarse sus efectos. Efectos que como bola de nieve se han ido agravando hasta llevar a la Argentina a situaciones que nadie alcanza a comprender. La omisión del principio rector imaginado por Echeverría generó el drama social argentino. Drama que en ocasiones se ha transformado en situaciones trágicas muy difíciles de superar. Mientras no sea encarnado en nuestro orden institucional no sólo le será difícil recuperarse a la Argentina sino que le será imposible evitar males mayores. El principio de orden social a que nos referimos, … fue proclamado por Echeverría en este lacónico y acertado artículo:

“El impuesto territorial es entre todos el más seguro, el más fácil de establecer, el que menos dificultad presenta para su recaudación y el que proporciona al Estado una renta fija”.

El párrafo pertenece a un texto incluido en sus Obras Completas denominado “Economía política. La contribución territorial”, en el que también dice que “entre nosotros la propiedad raíz ahora pocos años no tenía valor alguno, y a medida que la población ha ido extendiéndose en nuestros campos y explotándolos, ha ido tomando valor. Las tierras baldías y sin valor son nuevos agentes que deben ponerse en manos del hombre de industria para que sucesivamente pueda convertirse en riqueza esa tierra y demás agentes naturales de aquella. Aplicados los principios económicos a la propiedad territorial de nuestro país deben sufrir mil modificaciones aún en los impuestos”.   

Echeverría ve mucho más allá y más nítido que sus contemporáneos: “Verdad es que los campos y haciendas han tomado después de la revolución un valor infinitamente mayor que el que antes tenían, merced a la libertad de comercio; pero este valor no es debido a ninguna transformación en la cría de animales ni en los productos de nuestra industria, sino a la concurrencia del estrangero en demanda de esos frutos, y al aprecio y estimación que de ellos hace. Debemos esa riqueza, más a la naturaleza que a nuestra industria y trabajo”.

Pero, además, anticipándose a las taras proteccionistas y aislacionistas, señala con visión de futuro que “la industria que no se vale activamente a sí misma para producir, no es industria, es el apetito del salvaje que sólo se mueve para recoger el fruto o perseguir la caza”. Es imposible no sentirse tentado a agregar “en el zoológico”. Continúa Esteban Echeverría: “Por lo demás, lo que la industria requiere para prosperar no son restricciones y trabas sino fomento y libertad. Cada hombre puede ejercer la que le parezca y del modo que le convenga, con tal que no dañe el derecho de otro, que también lo tiene para gozar de la misma libertad. Otorgar privilegios, poner restricciones es destruir la igualdad y la libertad, sofocar las facultades del hombre violar un derecho sagrado, suyo, y atentar a la más sagrada de las propiedades, su sudor, su trabajo personal”.

Héctor Sandler se lamenta de que “este gran principio de orden, base necesaria para una economía de mercado en libre concurrencia y de una economía pública solvente, no fue receptado por la legislación dictada para concretar los mandatos de la Constitución Nacional de 1853 – 60. En consecuencia, la constitución del país real resultó, desde un principio, distinta a la diseñada y programada en nuestra magnífica ley fundamental”.

Sandler concluye que “tomar conciencia de los efectos del olvido de la institución recomendada por Echeverría es el primer paso, inevitable, para iniciar la reconstrucción de la Argentina”.

Por “impuesto territorial” Echeverría se refiere según el mencionado autor a aquel tributo que grava el valor del suelo, independientemente de cualquier mejora o construcción que su propietario desarrolla sobre él. No es otra cosa que un intento del Estado por recuperar lo que ha sido generado por el esfuerzo de la comunidad, o sea la valorización del suelo, a la par que se mantiene lo menos gravado posible -idealmente no gravado en absoluto - el fruto del trabajo y de la inversión de capital, que por otra parte no es más que trabajo acumulado. El pensamiento económico de Echeverría se inscribe de esta manera en una egregia tradición, que va desde los fisiócratas franceses y los liberales clásicos británicos, cuyo pensamiento fue receptado aquí por Belgrano y Rivadavia, hasta   economistas y políticos que intentaron rescatar y valorar ese legado doctrinario desde el siglo XIX hasta nuestros días      

Culminemos dejando que Echeverría nos vuelva a hablar con sus propias palabras:

“… el recurso precario de las importaciones y exportaciones estranjeras. Además, este impuesto indirecto no solo es precario sino monstruosamente injusto por que recae principal mente sobre el mayor número de consumidores, sobre los pobres. ¿Pero cuándo nuestros gobiernos, nuestros legisladores se han acordado del pueblo, de los pobres? ¿Cuándo han echado una mirada compasiva a su miseria, a sus necesidades, a su ignorancia, a su industria? Nada, absolutamente nada han hecho por él, y antes al contrario, parece haberse propuesto tratarlo como a un enjambre el ilotas o siervos”.

“Los habitantes de nuestra campaña han sido robados, saqueados, se les ha hecho matar por millares en la guerra civil. Su sangre corrió en la de la independencia, la han defendido, la defenderán, y todavía se les recarga con impuestos, se les ponen trabas a su industria, no se les deja disfrutar tranquilamente de su trabajo ni de su propiedad... Se ha proclamado la igualdad y ha reinado la desigualdad más espantosa: se ha gritado libertad y ella sólo ha existido para un cierto número; se han dictado leyes, y estas sólo han protegido al poderoso. Para el pobre no hay leyes, ni justicia, ni derechos individuales, sino violencia, sable, persecuciones, injustas. Él ha estado siempre fuera de la ley”.

“Y a juzgar por los resultados que han dejado en pos de sí, ¿cómo calificar la imperturbable serenidad e impavidez conque tantos hombres vulgares se han sentado en la silla del poder y arrastrado la pompa de las dignidades? ¿Se creyeron muy capaces, o pensaron que eso de gobernar y dictar leyes no requiere estudio ni reflexión y es idéntico a cualquier negocio de la vida común? La silla de poder, señores, no admite medianía, porque la ignorancia y errores de un hombre pueden hacer cejar de un siglo a una nación y sumirla en un piélago de calamidades. La ciencia del estadista debe ser completa, porque la suerte de los pueblos gravita en sus hombros”.

“No hay igualdad, donde la clase rica se sobrepone, y tiene más fueros que las otras. Donde cierta clase monopoliza los destinos públicos. Donde el influjo y el poder paraliza para unos la acción de la ley, y para otros la robustece. Donde sólo los partidos, no la Nación son soberanos. Donde las contribuciones no están igualmente repartidas, y en proporción a los bienes e industria de cada uno. Donde la clase pobre sufre sola las cargas sociales más penosas, como la milicia, etc. Donde el último satélite del poder puede impunemente violar la seguridad y la libertad del ciudadano. Donde las recompensas y empleos no se dan al mérito probado por hechos. Donde cada empleado es un mandarín, ante quien debe inclinar la cabeza el ciudadano. Donde los empleados son agentes serviles del poder, no asalariados y dependientes de la Nación. Donde los partidos otorgan a su antojo títulos y recompensas. Donde no tienen merecimientos el talento y la probidad, sino la estupidez rastrera y la adulación. Es también atentatorio a la igualdad, todo privilegio otorgado a corporación civil, militar o religiosa, academia o universidad; toda ley excepcional y de circunstancias.”

“La libertad es el derecho que cada hombre tiene para emplear sin traba alguna sus facultades en el conseguimiento de su bienestar, y para elegir los medios que puedan servirle a este objeto. El libre ejercicio de las facultades individuales no debe causar extorsión ni violencia a los derechos de otro. No hagas a otro lo que no quieras te sea hecho: la libertad humana no tiene otros límites.”

“El Estado, como cuerpo político, no puede tener una religión, porque no siendo persona individual, carece de conciencia propia”.         

 

Fuentes:

Bosch, Beatriz. "Urquiza o la Constitución." En Polémica. Primera Historia Argentina Integral. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1970.

Echeverría, Esteban. Obras completas. Buenos Aires: Carlos Casavalle Editor, 1874.

Sandler, Héctor Raúl. A la búsqueda del tesoro perdido. Buenos Aires: ICE, 2008.

Weinberg, Félix. "La Asociación de Mayo y el Dogma Socialista." En Polémica. Primer Historia Argentina Integral . Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1970.


Publicado en el diario La Calle el 11 y el 18 de enero de 2026.

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miércoles, 7 de enero de 2026

WAT TYLER Y LAS REBELIONES FISCALES

Por José Antonio Artusi

Wat Tyler fue el líder de la rebelión campesina de Inglaterra de 1381. No existen certezas sobre el lugar y fecha de su nacimiento, pero algunas fuentes lo ubican el 4 de enero de 1341 en Essex, hace 684 años. Sí está claro que murió, asesinado, el 15 de junio de 1381 en Londres.     

La historia de la humanidad puede leerse como una gran marcha en procura de la libertad y la igualdad. Un hito relevante en ese proceso fue la revuelta de campesinos que tuvo lugar en Inglaterra a fines del siglo XIV. Uno de los protagonistas centrales de ese conflicto fue Wat Tyler, un líder carismático que representó la resistencia popular contra la opresión feudal y la apropiación injusta por parte de la monarquía y de la nobleza del producto del trabajo de los campesinos y trabajadores. Esa opresión y explotación se materializó en un impuesto que fue percibido como profundamente injusto: el impuesto de capitación (“poll tax”).

Para comprender el significado y la relevancia del levantamiento liderado por Wat Tyler, es necesario situarse en el contexto de la Inglaterra del siglo XIV. El país estaba inmerso en la costosa y prolongada Guerra de los Cien Años contra Francia. Los responsables de las finanzas de la corona, agotadas por las constantes campañas militares, buscaron desesperadamente nuevas fuentes de ingresos.

Las tensiones sociales se habían agudizado dramáticamente tras la devastación de la Peste Negra (pandemia de peste bubónica, a partir de 1348 en Inglaterra). La enfermedad había reducido la población inglesa aproximadamente en un tercio, lo que, paradójicamente, otorgó un mayor poder de negociación a los trabajadores y campesinos sobrevivientes. Con menos mano de obra disponible, los salarios tendieron a subir.

En un intento por revertir esta tendencia, el Parlamento aprobó el Estatuto de Trabajadores de 1351, que buscaba congelar los salarios en los niveles anteriores a la plaga y prohibía a los siervos abandonar las tierras de sus señores. Esta norma, percibida como una brutal coerción de la nobleza para reimponer la servidumbre y explotar a los trabajadores generó un gran descontento.

El detonante de la rebelión fue la imposición del impuesto de capitación (“poll tax”). Este era un impuesto per cápita, lo que significa que se aplicaba como una suma fija a cada individuo adulto, independientemente de su riqueza o capacidad de pago. Se implementó por primera vez en 1377, y se aplicó de manera más onerosa en 1379 y, crucialmente, en 1380.

Algunos atributos del “poll tax” ayudan a entender su impopularidad. En primer lugar, la regresividad: Al ser un impuesto con un monto fijo por persona era pagado tanto por el campesino más miserable como por el noble más rico. Esta igualdad en el monto se tradujo en una profunda inequidad social, afectando desproporcionadamente a los más desposeídos.

Por otro lado, la universalidad: Gravaba a todos los adultos mayores de 15 años (en la versión de 1380), lo que ampliaba la base imponible a los miembros de familias que antes no contribuían directamente a los impuestos territoriales o sobre la renta. Las familias pobres y numerosas se vieron particularmente afectadas.

Además, la impopularidad del impuesto llevó a una evasión masiva. En respuesta, el gobierno del joven Ricardo II envió comisionados reales con poderes draconianos para investigar la falta de pagos, lo que a menudo resultó en extorsión y coerción; y circularon acusaciones de abusos sexuales cometidos por recaudadores, que agravaron aún más el resentimiento popular.

En mayo de 1381, el rechazo a pagar el impuesto y la resistencia violenta contra los recaudadores y comisionados se propagaron desde Kent y Essex, catalizando un levantamiento generalizado.

Wat Tyler, cuyo nombre probablemente indicaba que era un techador (tiler), emergió como el líder militar y político de la sección de Kent de los rebeldes. De origen humilde, su elocuencia y determinación lo convirtieron en la figura central de la revuelta. Lo acompañó el clérigo radical John Ball, que predicaba la igualdad social con palabras como estas: "¿Cuándo Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era entonces el caballero?".  Desde el principio todos los hombres por naturaleza fueron creados iguales, y nuestra esclavitud o servidumbre se produjo por la injusta opresión de hombres malvados.” Algunas fuentes señalan también a Jack Straw como líder de los rebeldes, aunque la evidencia sobre su papel es menos firme.

Los objetivos de los rebeldes se ampliaron rápidamente más allá de la mera abolición del “poll tax” para incluir la abolición total de la servidumbre, la revocación de las leyes laborales que limitaban los salarios, la redistribución de las propiedades de la Iglesia, y el castigo a los "traidores" (consejeros impopulares del rey y altos funcionarios).

Los campesinos marcharon sobre Londres, ocuparon la ciudad y ejecutaron a figuras clave del gobierno, incluido el Lord Canciller (Simón Sudbury, arzobispo de Canterbury) y el Lord Tesorero, a quienes consideraban responsables de la opresión fiscal y legal. Los rebeldes exigieron una reunión con el rey Ricardo II, quien, a pesar de su juventud y aconsejado por sus nobles, accedió a parlamentar en Mile End y luego en Smithfield.

Durante el encuentro en Smithfield el 15 de junio de 1381, Wat Tyler presentó audazmente las demandas finales de los rebeldes al rey. El resultado fue trágico: una escaramuza estalló entre Tyler y el séquito real. Tyler fue apuñalado por el alcalde de Londres, William Walworth, y murió poco después. La mayoría de los líderes rebeldes fueron perseguidos, capturados y ejecutados.

Aunque la Revuelta de Wat Tyler fracasó en el corto plazo, el trauma de 1381 fue tal que el “poll tax” nunca más se impuso en Inglaterra, al menos exactamente de la misma manera. Algo parecido quiso hacer Margaret Thatcher en 1990 y la impopularidad del tributo fue uno de los factores que llevó a su dimisión en noviembre de ese año.

Con el paso del tiempo, la servidumbre languideció como institución, en parte porque las transformaciones socioeconómicas provocadas por la Peste Negra y la presión de los trabajadores y la burguesía continuaron erosionando las bases del sistema feudal.

La de los campesinos ingleses no sería la primera ni la última rebelión fiscal. Podríamos enumerar la revuelta de los maillotins en Francia, prácticamente contemporánea de la inglesa encabezada por Tyler, y la Revolución Francesa de 1789. No es casual que luego de la Bastilla los rebeldes se dedicaran a quemar los edificios de los entes recaudadores de impuestos.  Podríamos continuar mencionando el Motín del Té de Boston en Estados Unidos en 1773, que consagró el principio que señala que no puede haber tributación sin representación (“no taxation without representation”).   Esa revuelta se convirtió en un antecedente de la revolución independentista de 1776.

La rebelión de 1381 es un recordatorio de que la paz social a menudo descansa sobre la equidad de la carga fiscal. Su eco resuena en revoluciones posteriores, confirmando que la matriz tributaria es un motor recurrente, para bien o para mal, de la transformación social y política.

 

Fuentes:

Crossley, James. "Rememorando la revuelta de los campesinos ingleses." Sin permiso. 2021. https://www.sinpermiso.info/textos/rememorando-la-revuelta-de-los-campesinos-ingleses.

Navarrete, Juan. "Los movimientos antifiscales como motor de la historia." Instituto Juan de Mariana. n.d. https://juandemariana.org/los-movimientos-antifiscales-como-motor-de-la-historia/.

World History Encyclopedia. "Revuelta de los campesinos." n.d. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-18757/revuelta-de-los-campesinos/.


Publicado en el diario La Calle el 4 de enero de 2026.

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lunes, 29 de diciembre de 2025

ROSAS Y MITRE

Por José Antonio Artusi

Así como Bernardino Rivadavia y Justo José de Urquiza no fueron lo mismo, pero tampoco estuvieron en las antípodas, puede ensayarse un paralelismo similar entre Juan Manuel de Rosas y Bartolomé Mitre. El “federal” Rosas y el “unitario” Mitre, desde una mirada más profunda y atendiendo a claves interpretativas estructurales, no resultarían tan distintos como suele suponerse.

Ambos gobernaron desde una concepción centralista del poder, antepusieron los intereses de Buenos Aires a los del conjunto de la Nación y procuraron subordinar a las demás provincias. En ese empeño, recurrieron sin vacilaciones al uso de la violencia. Las diferencias de lenguaje político y su utilización como impostura —“federalismo” en un caso, “liberalismo” en el otro— no impidieron que el resultado práctico fuera en algunos aspectos similar.

En la introducción a Cartas inéditas de Juan Bautista Alberdi a Juan María Gutiérrez y a Félix Frías, Jorge M. Mayer y Ernesto A. Martínez sostienen que “la presidencia de Mitre sería funesta para la República. Representaba los mismos intereses que Rosas, seguía la misma política y los resultados fueron iguales. Después de someter las provincias al dominio porteño, con la ayuda de los procónsules orientales, se lanzó como su antecesor, a la aventura de la Banda Oriental. El mitrismo “era el rosismo cambiado de traje”.” 

Una de las críticas más severas al mitrismo provino del uruguayo Luis Alberto de Herrera. En El drama del 65. La culpa mitrista, Herrera sostuvo que la Guerra del Paraguay no fue un desenlace fatal ni inevitable, sino el producto directo de la política exterior del gobierno argentino. Según su análisis, la diplomacia mitrista desempeñó un papel decisivo en la gestación del conflicto y comprometió a la Argentina en una guerra que no respondía a intereses nacionales propios. Herrera denunció, además, la subordinación del gobierno de Mitre a los intereses del Imperio del Brasil y lo acusó de haber actuado como ejecutor de una empresa ajena a la causa argentina. Alberdi llegará a denunciar que la guerra se hacía "en servicio de la Provincia de Buenos Aires que le tiene monopolizada (al país) toda su renta pública, todo su crédito, todo su comercio directo, toda su vida política".

Es en la obra de Juan Bautista Alberdi donde la crítica a Mitre adquiere una profundidad estructural decisiva. Para Alberdi, el núcleo del problema político argentino no residía en las personas sino en la organización material del poder. La concentración fiscal y comercial en Buenos Aires —particularmente el monopolio de la Aduana— constituía, a su juicio, la fuente real de la dominación política. Esa estructura había hecho posible el rosismo, no fue desmontada tras Caseros y continuó operando luego de Pavón.

Alberdi formula con claridad esta idea al sostener que la tiranía no debe buscarse en el tirano individual, sino en el control exclusivo de la Aduana porteña. Desde esa perspectiva, la derrota de Rosas no implicó la desaparición del sistema que lo había sustentado. Por el contrario, ese sistema sobrevivió bajo formas constitucionales y republicanas, conservando intacta su base económica: "la revolución del 11 de setiembre de 1852, hecha a los seis meses de derrocado Rosas, contra su vencedor, fue la restauración del rosismo sin Rosas y sin mazorca; pero lo fue completamente en el orden económico de cosas, que contiene el verdadero poder despótico".

La Constitución bonaerense fue calificada por Alberdi como "la excepción atrasada de todas las demás constituciones de provincia. Es una especie de constitución feudal. Ella restablece o conserva una aduana interior o provincial, un tesoro de provincia, un ejército y una diplomacia provinciales"

Alberdi fue severo con la forma en que, tras Pavón, Mitre asumió el mando nacional sin cumplir plenamente el espíritu de la Constitución de 1853. Aunque la Aduana fue declarada nacional, Alberdi denunció que Buenos Aires conservó de hecho el control de sus beneficios. Esta nacionalización meramente formal constituyó una estafa constitucional: el nombre cambió, pero el poder siguió concentrado en el mismo lugar. El lenguaje político cambió, pero la práctica —la imposición del poder porteño sobre el interior— permaneció.

Alberdi advirtió que ni el unitarismo ni el federalismo porteño habían alterado la realidad profunda del país: Buenos Aires seguía gobernando porque concentraba la riqueza, el comercio exterior y los recursos fiscales. Esa superioridad material permitía utilizar al Estado nacional como instrumento de dominación económica y política sobre las provincias, vaciando de contenido el proyecto de una verdadera organización nacional.

La cuestión de la tierra refuerza este paralelismo. Durante el gobierno de Rosas, el espíritu original de la Ley de Enfiteusis de 1826 fue progresivamente desvirtuado. Las tierras públicas, concebidas inicialmente como un instrumento para fomentar la colonización y la producción mediante arrendamientos a largo plazo, fueron en muchos casos enajenadas en favor de amigos y parientes, favoreciendo la concentración en manos de grandes propietarios y consolidando una estructura latifundista y rentista, que premió la especulación y castigó la producción.

Los gobiernos posteriores, pese a algunos intentos (las colonias de Urquiza, los “100 Chivilcoy” de Sarmiento, un proyecto frustrado de Roque Saenz Peña) no revirtieron este proceso. El economista Eduardo Conesa ha señalado que una de las omisiones más graves de la generación del 80 fue la falta de un impuesto a la renta de la tierra libre de mejoras, una ausencia que contribuyó a perpetuar la desigualdad estructural en el acceso al suelo.

Mas allá de las loas a Rivadavia, Mitre jamás lo entendió cabalmente, y si lo hizo lo disimuló muy bien. Con relación a la enfiteusis llegó a calificarla de “comunista”. En una polémica con Carlos Tejedor dirá que “una de las grandes cuestiones que ha suscitado el comunismo, es la de la propiedad de las tierras, y los comunistas han dicho: la propiedad es un robo, el mal grande de las sociedades modernas está en entregar la propiedad pública al dominio privado; la propiedad de la tierra no debieran darla los gobiernos, dicen ellos, sino conservarla para la comodidad y uso común de los ciudadanos. Pues bien, esto es lo que representa la enfiteusis, …”. Más allá del pobre conocimiento de Mitre del comunismo y de las bases teóricas de la enfiteusis, Rivadavia se debe haber revolcado en su tumba.

Así, más allá de las diferencias de estilo, discurso y contexto histórico, Rosas y Mitre aparecen como expresiones distintas de una misma matriz de poder: la centralización política y económica en Buenos Aires, el monopolio de la Aduana, el uso de la fuerza contra el interior y la subordinación del proyecto nacional a los intereses del puerto.

 

 Fuentes:

Alberdi , Juan Bautista. Cartas inéditas a Juan María Gutíerrez y a Félix Frías . Buenos Aires: Editorial Luz del Día, 1953.

—. Escritos póstumos. Buenos Aires: Imprenta de la Nación, 1895.

Conesa, Eduardo. "El impuesto al valor de la tierra libre de mejoras y la reforma integral del sistema impositivo argentino." Eduardo Conesa. 2014. https://www.eduardoconesa.com.ar/pdf/a-2014i.pdf.

Herrera, Luis Alberto de. El drama del 65. La culpa mitrista. Montevideo: Dornaleche y Reyes, 1918.

Jasinsky, Alejandro, Julieta Caggiano , Irana Sommer , and Matías Oberlin. "El acceso a la tierra en tiempos de organización nacional." Instituto Tricontinental de Investigación Social . n.d. https://thetricontinental.org/wp-content/uploads/2024/08/Acceso-a-la-tierra_Cuaderno3-2.pdf.

Peña, Milcíades. La era de Mitre. Buenos Aires: Pedro Sirera, 1968.

 

Publicado en el diario La Calle el 28 de diciembre de 2025.

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jueves, 25 de diciembre de 2025

JULIÁN SEGUNDO DE AGÜERO

Por José Antonio Artusi

Julián Segundo de Agüero nació en Buenos Aires el 31 de enero de 1776 y murió en Montevideo el   17 de junio de 1852. La Real Academia de la Historia nos brinda esta reseña biográfica: “Hijo de Diego de Agüero y Petrona Alcántara de Espinosa. Cursó estudios en el Colegio de San Carlos. En 1797 obtuvo el título de doctor en Teología en la Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile, y el de bachiller en Cánones y Leyes en 1799, año en el que fue ordenado sacerdote. Durante dos años regentó en esa Universidad la cátedra de Teología de Prima. En 1801 regresó a Buenos Aires y rindió ante la Real Audiencia Pretorial el examen reglamentario para inscribirse en la matrícula de abogado. Ese tribunal lo nombró al año siguiente defensor de pobres. En 1803 fue párroco de Cañada de la Cruz y al año siguiente ejerció funciones interinas de cura en la iglesia catedral de Buenos Aires. En 1805 fue fiscal general. En 1808 recibió por concurso y en propiedad el primer curato de la catedral y en 1810 la canonjía magistral. Asistió al cabildo abierto del 22 de mayo, pero se retiró antes de emitir su voto. Se mantuvo políticamente prescindente hasta 1817 cuando, con motivo de la conmemoración del 25 de mayo de 1810 pronunció una oración favorable a la independencia en la catedral. En 1821 fue elegido diputado a la legislatura de Buenos Aires, de la que fue presidente ese mismo año. En 1822 fue uno de los fundadores de la Sociedad Literaria de Buenos Aires. Participó en el Congreso General Constituyente de 1824 y fue ministro de Gobierno en 1826. Además, durante 1826 y 1827 colabora como periodista en El Duende de Buenos Aires. Durante el período de organización nacional militó en el partido unitario, por lo que en 1832 debió emigrar a Montevideo, donde tomó parte en la organización de la lucha contra Rosas. En 1835, presionado por la Iglesia para volver a sus funciones, tuvo que abandonar los hábitos sacerdotales. Sus restos fueron repatriados en 1880 y reposan en el Panteón de los Canónigos de la catedral de Buenos Aires”.

Clemente Leoncio Fregeiro, en su obra “Vidas de argentinos ilustres”, y en referencia a ese discurso de Agüero en 1817, recuerda que  “Juan María Gutiérrez al apreciar esa pieza de oratoria sagrada, ha dicho que bajo formas discretas y llenas de gala, Agüero justificó en ella de una manera concluyente y nueva la razón de la Independencia argentina; mostrando al mismo tiempo cuales eran las condiciones que la autoridad pública debía revestir en una sociedad llamada a vivir y progresar bajo el amparo de las austeras virtudes de la democracia”.

Si alguien recurre a Wikipedia para saber quién fue Julián Segundo de Agüero, no encontrará ni una vez la palabrita “enfiteusis”; siendo que como ministro de Bernardino Rivadavia fue uno de los ideólogos y defensores de la ley que estableció ese sistema. Andrés Lamas considera que “la ley agraria, iniciada por Rivadavia, sólo fue aceptada después de estudios y de meditaciones prolongadas. El expositor más claro y convencido de los motivos y de los propósitos de esa ley, fue el doctor D. Julián S. de Agüero, una de las inteligencias más trascendentales y bien nutridas de su época. Por desgracia, esos motivos y esos propósitos pasaron casi desapercibidos para la generalidad, preocupada de cuestiones más ardientes: no se popularizó su conocimiento, no se hicieron conciencia ni opinión pública, quedando encerrados en aquel grupo de pensadores distinguidos que la reacción contra las ideas del Sr. Rivadavia arrojó de la escena de su país. Al amparo de esa reacción, la legislación antigua fue recobrando su imperio; y el retroceso llegó tan lejos, que no sólo se enajenaron las tierras enfitéuticas, sino que se premiaron con tierras públicas los servicios militares, repartiéndolas como se hacía con las antiguas legiones romanas.”

En las sesiones en las que se trata el proyecto de ley el ministro Agüero la defendió con solvencia y demostrando una sólida formación económica. Sostuvo que “podría fijarse en la ley que la enfiteusis fuese perpetua, porque la Nación debe conservar perpetuamente el dominio de las tierras. Extiéndase a cien años si se quiere el contrato, pero fíjese el canon a los 10 años”. Según Lamas, esas palabras “contienen todo el sistema. Estaba todo dicho y con claridad”.   

Alberto Palcos recuerda que “la enfiteusis, dice y repite el ministro Agüero, “va a fundar la primera de nuestras rentas públicas”. Determinará, opina Paso, la opulencia del Estado, su prosperidad actual y futura. Nadie habla de hacerla recurso único del tesoro; el principal, sí. Andrés Lamas, no obstante, afirma rotundamente que serviría para abolir totalmente las aduanas. La seriedad de este investigador y la circunstancia de que trató personalmente a los paladines del proyecto nos induce a sospechar que quizá la escuchó en boca de alguno de ellos, como una de esas aspiraciones ideales que se forjan los espíritus que avizoran las proyecciones futuras de las magnas iniciativas”. Más adelante Palcos enfatiza que “denotan el cabal concepto del papel social del impuesto estas consideraciones del ministro Agüero: “El valor del terreno crece en la misma proporción en que crece el país”; y argumenta que “al adelanto general, más que al trabajo y a las mejoras introducidas por los propietarios, se debe, pues, el acrecentamiento del valor de los campos. Justo es, entonces, que sus poseedores devuelvan al Estado algo de lo debido al aporte de la colectividad, después de retener lo incrementado por el propio esfuerzo. Tales los fundamentos del impuesto al mayor valor del suelo. Improcedente fuera exigir su aplicación acabada en aquellos tiempos, y menos en países que todavía se hallaban en la etapa inaugural dé su ordenamiento agrario y financiero”.

Andrés Lamas explica de esta manera el fracaso de esa experiencia de gobierno: “Ah!, ¡ni Rivadavia ni sus hombres conocían el interior ni a los hombres del interior! Creían en la omnipotencia de las teorías y de las fórmulas. Confiaban demasiado en que la causa del orden y de la cultura había de imponerse por su sola virtualidad. Antes de alejarse, don Julián Segundo de Agüero afirmaba aún con convicción candorosa: "Seremos llamados de nuevo. Esto es transitorio. Hemos de volver". Lo que vino después era el más negro de los desengaños”, en alusión obvia a la larga noche rosista, que entre otros retrocesos desvirtuó por completo la enfiteusis e inició el camino de su desaparición. Quienes sucedieron a Rosas, paradójicamente, - y con honrosas excepciones -hicieron bien poco para intentar rescatar el precursor instrumento legal del presidente Bernardino Rivadavia y su ministro Julián Segundo de Agüero. Las consecuencias de no seguir esa senda fueron calamitosas.

 

Fuentes:

Fregeiro, Clemente Leoncio. "Vidas de argentinos ilustres." Wikisource. n.d. https://es.wikisource.org/wiki/Juli%C3%A1n_Segundo_de_Ag%C3%BCero_(VAI).

Lamas , Andrés. Rivadavia y la legislación de las tierras públicas. Buenos Aires: Ediciones Populares Bernardino Rivadavia, n.d.

Lamas, Andrés. Rivadavia, su obra política y cultural. Buenos Aires: La Cultura Argentina, 1915.

Palcos, Alberto. Rivadavia, ejecutor del pensamiento de Mayo. La Plata : Universidad Nacional de La Plata , 1960.

Real Academia de la Historia. "Julián Segundo de Agüero ." Historia Hispánica. n.d. https://historia-hispanica.rah.es/biografias/691-julian-segundo-de-aguero.

 

Publicado en el diario La Calle el 21 de diciembre de 2025.

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sábado, 20 de diciembre de 2025

ARTURO MOR ROIG: UN DEMÓCRATA EN TIEMPOS DE OSCURIDAD

Por José Antonio Artusi

Arturo José Mor Roig nació en Lérida, Cataluña, España, el 14 de diciembre de 1914 y murió en San Justo, Provincia de Buenos Aires, Argentina, el 15 de julio de 1974. Hay efemérides que nos obligan a detenernos un momento. Son pequeñas interrupciones en el ritmo cotidiano que nos recuerdan que la historia, cuando se la mira con honestidad, siempre está dispuesta a enseñarnos algo. Se cumplen hoy 111 años del nacimiento de Arturo Mor Roig, y su vida —tan dedicada a la política, tan golpeada por la violencia— merece ser evocada con la serenidad y el respeto que se reserva a quienes procuraron honrar la democracia sin estridencias ni soberbia.

Llegó a la Argentina de niño junto a su familia. Como ocurrió con tantos inmigrantes a nuestro país, su identidad cívica y su integración social se formó entre la gratitud, la educación, el trabajo y la voluntad firme de participar en la vida pública. Su familia se radicó primero en San Pedro, y tras egresar como abogado de la UBA se afincó primero en Arrecifes y luego en San Nicolás de los Arroyos, donde se casó y tuvo cuatro hijos. Completó su formación académica con un doctorado en Ciencia Política en la Universidad Católica Argentina. Mor Roig se afilió a la Unión Cívica Radical en 1939 y comenzó una militancia que lo llevaría a ser concejal en San Nicolás y senador provincial entre 1953 y 1955. En el cisma del radicalismo en 1957 optó por la UCR del Pueblo y acompañó a Ricardo Balbín en las elecciones presidenciales de 1958, que consagrarían a Arturo Frondizi. En 1958 fue electo nuevamente senador provincial, y presidió el bloque minoritario de la UCRP. En 1963 fue electo diputado nacional y sus pares lo honraron con la presidencia de la cámara, que ejerció entre el 12 de octubre de ese año y el 28 de junio de 1966, cuando la asonada golpista del General Onganía depuso al presidente Illia y disolvió el Congreso. 

Diego Barovero considera que “la decisión de Mor Roig de aceptar el ofrecimiento de conducir el proceso de transición a la democracia desde su gestión como ministro del Interior de un gobierno de facto, es sin duda el aspecto más controvertido de toda su vida pública y su actuación política”. Es así como su espíritu se puso a prueba cuando aceptó, en 1971, el cargo de ministro del Interior del presidente Alejandro Agustín Lanusse. Fue una decisión que abrió debates intensos dentro de la UCR. Tanto, que Ricardo Balbín le dijo que no debía aceptar y Raúl Alfonsín —entonces líder de Renovación y Cambio— pidió su expulsión del partido. La tensión fue real, profunda, casi dolorosa para un radical de su trayectoria. Pero Mor Roig entendía que el país vivía una crisis que no se resolvería ni con gestos puristas ni con malhumores cívicos: había que trabajar para abrir una salida institucional.

Barovero recuerda que “el estado de agitación partidaria generado por la aceptación de Mor Roig determinó que la oposición interna a Balbín castigara muy duramente a ambos, llegando incluso el Dr. Raúl Alfonsín a pedir la expulsión del partido del ministro del Interior. Fue entonces que el propio cuestionado hizo llegar su renuncia como afiliado al Comité de San Nicolás de la Unión Cívica Radical del Pueblo, para no comprometer al partido con su gestión. Dicho Comité tuvo para con su caracterizado afiliado una actitud de consideración y respeto: desestimó la renuncia a la afiliación presentada por el ministro, concediéndole una licencia; algo que no trascendió en su momento”.

Durante su gestión como ministro impulsó la derogación de la legislación que prohibía la actividad partidaria, promovió la creación de la Cámara Nacional Electoral, restituyó bienes confiscados a los partidos y trabajó para la elaboración de un nuevo código electoral que preparara el regreso a las urnas.  Lamentablemente, la Argentina de los años setenta no era hospitalaria con los matices. Mientras algunos dirigentes insistían en defender la democracia aún en la adversidad, la violencia política avanzaba con una lógica propia, impermeable a toda racionalidad. En ese clima, Mor Roig fue transformado en un objetivo. El 15 de julio de 1974, un comando de Montoneros lo asesinó mientras almorzaba en un restaurante de San Justo. Había dejado la función pública. No representaba amenaza alguna. Fue elegido precisamente como símbolo: la violencia buscaba enviar un mensaje a quienes, desde el gobierno de Isabel Perón y desde sectores de la oposición, exploraban caminos de negociación.

Rogelio Alaniz lo expresó claramente: “El criterio del crimen no fue diferente al que se utilizó para asesinar a Rucci: se mataba a alguien no tanto por lo que era o lo que había hecho, sino por lo que representaba simbólicamente. No se mataba ni por amor ni por odio, se mataba por cálculo. Los muchachos arrojaban un cadáver en la mesa de negociaciones como quien arroja un ramo de flores. A Perón le tiraron los restos de Rucci; a Balbín le recordaron quiénes eran los interlocutores a tener en cuenta. Por si alguna duda quedaba respecto de la identidad de los autores y de sus objetivos, las agrupaciones de superficie de Montoneros coreaban en las asambleas universitarias consignas al estilo "Hoy, hoy, hoy... hoy que contento estoy, vivan los Montoneros que mataron a Mor Roig". He conocido a muchos muchachos y chicas que cantaban esas consignas. Quiero creer que lo hacían con la mejor buena fe, que suponían que Montoneros había hecho justicia asesinando a un enemigo del pueblo. Ninguna de estas consideraciones subjetivas impide señalar que festejaban un crimen. Ya no se trataba de matar para defenderse, se mataba por matar y, además, se expresaban grititos de alegría por la muerte”. Alaniz enfatiza que “este hombre honrado, leal a sus convicciones, político de vocación democrática, conservador y católico, no merecía ser asesinado por la espalda en un comedor a la hora de la siesta. Nadie merece morir así y mucho menos por las razones que invocaron los Montoneros”.

Diego Barovero señala que “cuando cesó en el cargo de ministro, Arturo Mor Roig se retiró a la vida privada. Su paso por la administración de facto de Lanusse le había ganado fuertes resistencias y enemistades incluso en el seno de su propio partido. No obstante, desde ningún sector llegó a cuestionarse jamás la hombría de bien, la honradez personal y la probidad de conducta que eran propias de Mor Roig”. La muerte de Mor Roig provocó conmoción. No sólo en el radicalismo: en buena parte de la dirigencia política que veía cómo el país se deslizaba hacia un abismo. Ricardo Balbín lo describió como “una de las pérdidas más dolorosas en la larga noche de la violencia irracional”. Solamente una plaza de San Nicolás recuerda su nombre. Mor Roig nos recuerda que el diálogo no es tibieza, sino coraje. Que el acuerdo no es claudicación, sino inteligencia republicana. Y que la democracia —esa construcción siempre frágil, siempre inacabada— depende más de la templanza que de la furia.

Fuentes:

Alaniz, Rogelio. "El asesinato de Mor Roig." El LItoral. 2008. https://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2008/09/27/opinion/OPIN-03.html.

Barovero , Diego. "Arturo Mor Roig: el crimen sin razón." institutoyrigoyen.tripod.com. n.d. https://institutoyrigoyen.tripod.com/morroig.htm.

Publicado en el diario La Calle el 14 de diciembre de 2025.

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lunes, 8 de diciembre de 2025

RIVADAVIA Y URQUIZA, O LA FALSA CONTRADICCIÓN FUNDAMENTAL EN LA ARGENTINA DEL SIGLO XIX (II)

Por José Antonio Artusi

En la columna publicada en esta hoja el 17 de septiembre de 2023 propuse una lectura alternativa de la historia argentina del siglo XIX, dejando atrás la dicotomía tradicional entre unitarios y federales, negando su carácter de “contradicción fundamental”, y proponiendo enfocarnos  en un conflicto más profundo y estructural: el que enfrentó a los impulsores del progreso civilizatorio —imperio de la ley bajo el Estado de derecho, libertad, instituciones republicanas, educación,  laicismo, economía capitalista integrada al mundo, igualdad de oportunidades— con quienes, por acción u omisión, por intereses o por ideología, sostuvieron rémoras retrógradas y reaccionarias heredadas del régimen colonial. A la luz de esta clave interpretativa, Rivadavia y Urquiza aparecen menos como adversarios y más como abanderados de una misma causa, en momentos históricos distintos.

En esta segunda parte avanzamos con más argumentos que refuerzan esa tesis, integrando diversas valoraciones sobre la figura de Bernardino Rivadavia, y examinando cómo su legado intelectual y político encuentra puntos de contacto con la obra de Justo José de Urquiza.

Uno de los aspectos más innovadores del pensamiento rivadaviano fue su enfoque sobre la tierra. Su intento de implantar la enfiteusis buscaba intervenir sobre un problema estructural: el atraso y concentración del espacio rural heredado del orden colonial.

José Luis Romero señala en “Breve Historia de la Argentina” que “grandes extensiones de tierras pertenecientes al Estado solían entregarse a particulares influyentes. Rivadavia elaboró un plan para otorgarlas, según el sistema de la enfiteusis, a pequeños colonos que quisieran radicarse en ellas y explotarlas mediante el pago de una reducida tasa de acuerdo con su valor. Así debían incorporarse a la explotación agrícola – en manos de pequeños productores – las zonas de la provincia que se extendían hasta el río Salado, no sin resistencia de los grandes estancieros del sur, acostumbrados a no reconocer límites a sus establecimientos”. Romero enfatiza el contraste con el accionar de Rosas: “En oposición al principio rivadaviano de no enajenar la tierra pública para permitir una progresista política colonizadora, Rosas optó por entregarla en grandes extensiones a sus allegados. Así se formó el más fuerte de los sectores que lo apoyaron, el de los estancieros”. Más adelante, muestra a su vez, sin decirlo explícitamente, coincidencias entre Urquiza y Rivadavia: “El gobernador Urquiza estimuló en Entre Ríos el mejoramiento del ganado, introdujo merinos y alambró campos… Y esa actitud renovadora se manifestó también en otros aspectos como en el de la educación, en el que Urquiza trabajó intensamente difundiendo la enseñanza primaria y fundando colegios de estudios secundarios en Paraná y en Concepción del Uruguay. Este último habría de adquirir muy pronto sólido prestigio en todo el país”. José Luis Romero destacó que Rivadavia introdujo en Argentina “los modos de pensar de la ciudad moderna”, anticipando una racionalidad que el país tardaría décadas en consolidar.

Urquiza, desde un enfoque más pragmático, retomó muchos de los principios rivadavianos al promover la colonización agrícola, esencialmente en Entre Ríos. Sus colonias eran la versión concreta de lo que Rivadavia había vislumbrado: pequeñas y medianas explotaciones, ocupación efectiva, inmigrantes laboriosos, producción para el mercado interno y externo, y un poblamiento dirigido para consolidar la nación.

Ambos compartieron una visión moderna donde la tierra era un instrumento de progreso y ciudadanía; donde la educación se plantea como el pilar civilizatorio más estable y la herramienta transformadora por excelencia.

Rivadavia hereda el pensamiento de los fisiócratas franceses y su preocupación por la renta del suelo lo vincula conceptualmente con la doctrina que más tarde perfeccionará Henry George. La enfiteusis rivadaviana puede ser así interpretada como un sucesor del “impot unique” de los fisiócratas y un antecedente del "single tax" (impuesto único) georgista.

Arturo Capdevila llegó a sostener que “Henry George y Bernardino Rivadavia quieren una sola y misma cosa: la libertad de la tierra y con ella la grandeza efectiva de las democracias, el último día del feudalismo, el reinado de la justicia social, el pleno triunfo de la libre voluntad de cada hombre. Del Norte al Sur se pueden alegrar las banderas fraternas con este signo de concordia y de paz. La enfiteusis rivadaviana – la que Rivadavia ideó – y el principio georgista de la paulatina absorción de la renta, constituyen el mismo reiterado evangelio. Acaso Rivadavia, segundo Colón, no supo cuan dilatado era el mundo que descubría. George en cambio lo supo muy bien. No hay otra diferencia entre los dos.” (“El testimonio de Rivadavia y de Henry George”, Repertorio Americano, Costa Rica, 1927). 

Urquiza, como Rivadavia, entendió la importancia de la educación pública. El Colegio del Uruguay, el primero laico de la Argentina, y las escuelas normales de Paraná y Concepción del Uruguay, producto del entendimiento entre Urquiza y Sarmiento, se complementaron luego con las escuelas de las colonias y las ciudades, constituyendo un laboratorio social donde se formaba una ciudadanía alfabetizada y laboriosa.

Con sentido estratégico, Urquiza se apoyó en la acción concreta en lo político y económico: unión y organización nacional, apertura de los ríos, tratados comerciales, fomento de la inmigración, apoyo a la industria y al comercio. Su federalismo no buscaba cerrar la economía sino integrarla, y su visión del desarrollo era tan pluralista como competitiva.

Ambos coincidieron en que la Argentina debía producir, comerciar y atraer gente, y que para ello eran indispensables instituciones estables y un horizonte de paz.

En tiempos recientes, el economista Eduardo Conesa ha ofrecido un reconocimiento profundo de la modernidad económica de Rivadavia. Sus aportes y los de otros autores ayudan a visualizar que Rivadavia comprendió el daño estructural del latifundio improductivo; intentó crear un sistema fiscal moderno, asociado a la tierra y la producción; defendió la competencia y el libre comercio; concibió un Estado capaz de facilitar —no sustituir— la iniciativa privada; promovió la inmigración como capital humano esencial para el desarrollo.

La Constitución de 1826, aunque frustrada, incorporaba lineamientos que luego reaparecerían en 1853: garantías individuales, organización nacional, división de poderes, Estado laico, centralidad del Congreso.

Urquiza hizo lo que Rivadavia no pudo hacer: convocar, sancionar y someter a funcionamiento una Constitución nacional. El federalismo de 1853 tomó elementos del modelo unitario de 1826, y los adaptó a la realidad del país. En este sentido, Urquiza aparece como el realizador histórico de la arquitectura institucional que Rivadavia había imaginado.

Todo ello permite entender mejor cómo Urquiza —en otro tiempo, con otros instrumentos,— retoma y actualiza muchas de las intuiciones rivadavianas. No fueron lo mismo, pero tampoco estuvieron en las antípodas: protagonizaron momentos sucesivos de la misma revolución civilizadora.

La lectura clásica, que enfrenta a Rivadavia y Urquiza como exponentes de bandos irreconciliables, oscurece una verdad más profunda: ambos trabajaron para organizar la nación, introducir la modernidad y consolidar un orden basado en la Constitución, la libertad, la igualdad, la educación, la inmigración, la producción y la apertura económica.

Rivadavia y Urquiza no deben ser leídos como adversarios sino como aliados a través del tiempo: uno trazó algunos planos; el otro comenzó a construir los cimientos de la organización nacional.

En ellos descansa buena parte de la larga construcción de la Argentina moderna.

 

Publicado en el diario La Calle el 7 de diciembre de 2025.

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MARK TWAIN, A 190 AÑOS DE SU NACIMIENTO

Por José Antonio Artusi

Samuel Langhorne Clemens, más conocido por su seudónimo, Mark Twain, nació en Florida, Misuri, el 30 de noviembre de 1835 y murió en Redding, Connecticut, el 21 de abril de 1910. Fue un célebre escritor norteamericano.

Si bien las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn constituyen lo más conocido de su obra literaria, su pensamiento, a menudo corrosivo y profundamente inconformista, merece una atención renovada. En ese examen, un nombre emerge con la fuerza de un ancla ideológica en el tempestuoso mar del capitalismo de la Edad Dorada en Estados Unidos: Henry George.

La vida de Mark Twain abarcó el tránsito de un país todavía eminentemente rural a la potencia industrial y financiera del siglo XX. Fue testigo, y a menudo crítico ácido, de la deslumbrante época que él mismo, junto a Charles Dudley Warner, bautizó como "The Gilded Age" (La Edad Dorada). Esta era, brillante en su superficie de progreso técnico y acumulación de riqueza, ocultaba un núcleo podrido de especulación, corrupción y, sobre todo, una creciente inequidad social.

La sátira de Twain, desde “Un yanqui en la corte del rey Arturo” hasta sus ensayos más tardíos y oscuros, no era un mero pasatiempo; era un bisturí sociológico. Su pluma diseccionó la hipocresía religiosa y la noción de que los monopolios y la especulación con los valores de la tierra justificaban la concentración obscena de la riqueza. Aquí es donde su trayectoria converge con la del economista y periodista Henry George.

Henry George, un autodidacta con una vida marcada por la precariedad hasta la publicación de su obra cumbre, se convirtió en una figura de renombre en 1879 con la aparición de “Progreso y Miseria”. El título mismo ya es una tesis: ¿por qué el progreso material por sí solo, lejos de erradicar la pobreza, parece en ocasiones agudizar las diferencias sociales?

George ofreció una respuesta que, en su sencillez y radicalidad, sigue interpelando a nuestra contemporaneidad: la causa de la miseria persistente reside en la apropiación privada de la renta económica de la tierra. Para Henry George, la Tierra y sus recursos son un don de la Creación, un patrimonio común. El valor que emana del crecimiento demográfico, la inversión pública en obras, servicios y equipamientos, y el desarrollo comunitario –lo que hoy llamamos valor locacional o plusvalía urbana– es una renta no ganada.

El georgismo postula, como solución, el Impuesto Único sobre el Valor de la Tierra. No se trata de colectivizar la tierra en el sentido socialista, sino de socializar su valorización producto del esfuerzo de la comunidad en su conjunto. Se trata de que el Estado recaude el valor total de esa renta no ganada, dejando en paz el fruto del trabajo y el capital productivo. Si se recauda con eficiencia este valor generado socialmente, argumentaba George, se podrían eliminar todos los demás impuestos al trabajo, al comercio y a la inversión productiva. Es, en esencia, la defensa de un mercado libre que, sin embargo, debe tener un anclaje ético y distributivo en el patrimonio común. George complementa su propuesta con una contundente defensa del libre comercio por sobre el proteccionismo.  

La relación de Twain con el ideario de George no fue tangencial, sino de una profunda y reflexiva adhesión. Samuel Clemens y Henry George se conocieron en sus años formativos en California, y la admiración mutua se consolidó cuando George alcanzó la fama mundial. Twain se sintió inmediatamente atraído por la lógica implacable de George y por su profunda convicción moral.

Twain vio en la tesis georgista la explicación y el remedio para la enfermedad de la Edad Dorada. La especulación con los valores de la tierra era para él el cáncer que carcomía el tejido social norteamericano. ¿Qué mérito tiene un hombre que se enriquece simplemente poseyendo un terreno sobre el que otros construyen, trabajan y generan valor? Twain sentía el mismo desprecio por el rentista improductivo que George había articulado en términos económicos.

El punto culminante de esta adhesión se encuentra en 1889, cuando Twain –bajo el seudónimo satírico de "Twark Main"– contribuyó con un ensayo titulado "Archimedes" al periódico georgista The Standard, fundado por George. En este mordaz texto, Twain utiliza la famosa palanca de Arquímedes para ilustrar que, si se le diera una palanca para mover el mundo, el peor de los usos sería entregársela a un especulador para que la usara en su beneficio privado. Es una denuncia clara de cómo el derecho absoluto de apropiación de la valorización del suelo se convierte en una herramienta para explotar el trabajo ajeno.

En una carta a William Dean Howells, Twain llegó a decir que el libro de George era "la más grande, la más simple y la más bella de todas las concepciones económicas." No era un simple aplauso; era una convicción intelectual. El georgismo complementaba el republicanismo radical de Twain y su aversión a las oligarquías, ya fueran de cuna o de dinero. Twain entendió que la apropiación privada de la valorización del suelo era la base de una nueva forma de feudalismo.

A 190 años de su nacimiento, la sátira de Mark Twain sigue teniendo una actualidad notable. Y su afinidad con Henry George nos obliga a mirar el espejo de nuestra propia realidad. ¿Acaso no es la concentración de la renta inmobiliaria y la especulación sobre el suelo urbano uno de los grandes generadores de desigualdad en nuestros países, incluidos el nuestro?

En muchas ciudades, la inversión pública en infraestructura se traduce inmediatamente en un aumento del valor de la tierra que rodea la obra. Ese aumento de valor –esa renta no ganada– no revierte a la comunidad que lo generó, sino que engrosa el patrimonio de los propietarios del suelo. Esto crea un círculo vicioso: la necesidad de financiar el progreso mediante impuestos al trabajo y a la producción, regresivos y distorsivos.

El siglo XX nos alejó del debate sobre el georgismo, desplazado por las grandes narrativas de la economía neoclásica y el socialismo de Estado. Sin embargo, la crisis de la vivienda, la persistencia de la pobreza, la exclusión social y la hiperconcentración de la riqueza nos devuelven al punto de partida de Henry George.

La efeméride puede ser una buena excusa para leer o releer a Mark Twain –no sólo sus ficciones, sino también sus ensayos–, y a través de él, redescubrir la fuerza liberadora del ideario georgista. Twain y George, en el fondo, lucharon por lo mismo: un mundo donde la igualdad de oportunidades no fuera una quimera y donde nadie pudiera vivir del sudor de los demás. El humor irreverente de Mark Twain, aliado con la lógica austera pero potente de Henry George, nos recuerda la necesidad de un sistema fiscal que no castigue la creación de riqueza, sino que recupere para la comunidad aquella riqueza que es, por naturaleza y por derecho, común.

A 190 años de su nacimiento, Mark Twain nos sigue recordando que no puede haber progreso verdadero mientras la miseria persista y mientras el valor creado por la sociedad sea apropiado injustamente por algunos pocos. Una verdad incómoda, y a veces difícil de comprender, pero todavía necesaria.

 

Publicado en el diario La Calle el 30 de noviembre de 2025.

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domingo, 30 de noviembre de 2025

BILL GATES, INDIRA GANDHI, EL CAMBIO CLIMÁTICO Y LA POBREZA

Por José Antonio Artusi

Bill Gates publicó en su blog el 28 de octubre pasado un artículo titulado “Tres duras verdades sobre el clima” (https://www.gatesnotes.com/three-tough-truths-about-climate). El texto comienza enfatizando tres proposiciones que el autor considera que “hay que saber”:

-          “El cambio climático es grave, pero hemos logrado un gran progreso. Debemos seguir apoyando los avances que ayudarán al mundo a alcanzar las cero emisiones netas.

-          Pero no podemos recortar la financiación para la salud y el desarrollo —programas que ayudan a las personas a ser resilientes ante el cambio climático— para conseguirlo.

-          Es hora de situar el bienestar humano en el centro de nuestras estrategias climáticas, lo que incluye reducir a cero la prima verde y mejorar la agricultura y la salud en los países pobres”.

Gates continúa considerando que “existe una visión apocalíptica del cambio climático que dice lo siguiente:

“En unas décadas, un cambio climático catastrófico diezmará la civilización. La evidencia está a nuestro alrededor: basta con observar las olas de calor y las tormentas provocadas por el aumento de las temperaturas globales. Nada importa más que limitar este aumento¨”.

Afortunadamente para todos, esta visión es errónea. Si bien el cambio climático tendrá graves consecuencias, especialmente para las personas en los países más pobres, no conducirá a la desaparición de la humanidad. Las personas podrán vivir y prosperar en la mayoría de los lugares de la Tierra en un futuro previsible. Las proyecciones de emisiones han disminuido y, con las políticas e inversiones adecuadas, la innovación nos permitirá reducirlas aún más.

Desafortunadamente, esta visión apocalíptica está provocando que gran parte de la comunidad climática se centre demasiado en los objetivos de emisiones a corto plazo, desviando recursos de las medidas más efectivas que deberíamos estar implementando para mejorar la vida en un mundo que se calienta.

Aún estamos a tiempo de adoptar una perspectiva diferente y ajustar nuestras estrategias para afrontar el cambio climático. La cumbre mundial sobre el clima del próximo mes en Brasil, conocida como COP30, es un excelente punto de partida, sobre todo porque el liderazgo brasileño en la cumbre prioriza la adaptación al cambio climático y el desarrollo humano.

Esta es una oportunidad para reorientarnos hacia el indicador que debería tener aún más peso que las emisiones y el cambio de temperatura: mejorar la calidad de vida. Nuestro principal objetivo debería ser prevenir el sufrimiento, en particular el de quienes viven en las condiciones más precarias en los países más pobres del mundo.

Si bien el cambio climático afectará más a las personas pobres que a nadie, para la gran mayoría de ellas no será la única ni la mayor amenaza para su vida y bienestar. Los mayores problemas siguen siendo la pobreza y las enfermedades, como siempre. Comprender esto nos permitirá concentrar nuestros limitados recursos en intervenciones que tengan el mayor impacto en las personas más vulnerables.

Más adelante el fundador de Microsoft señala que “en resumen, el cambio climático, las enfermedades y la pobreza son problemas graves. Debemos abordarlos en proporción al sufrimiento que causan. Y debemos usar datos para maximizar el impacto de cada acción que emprendamos. Creo que adoptar las siguientes tres verdades nos ayudará a lograrlo:

-          Verdad 1: El cambio climático es un problema grave, pero no supondrá el fin de la civilización…

-          Verdad 2: La temperatura no es la mejor manera de medir nuestro progreso en materia climática…

-          Verdad 3: La salud y la prosperidad son la mejor defensa contra el cambio climático…”

Finalmente, tras enfatizar que “debemos medir el éxito por nuestro impacto en el bienestar humano, más que por nuestro impacto en la temperatura global, y dicho éxito debe basarse en situar la energía, la salud y la agricultura en el centro de nuestras estrategias”, Bill Gates concluye instando “a la comunidad climática mundial, tanto en la COP30 como en adelante, a que dé un giro estratégico: priorizar aquello que tenga el mayor impacto en el bienestar humano”.

Las reacciones al artículo de Bill Gates titulado han sido intensas, generando debates en medios, redes sociales y entre expertos. Björn Lomborg, un politólogo danés, autor del libro “El ecologista escéptico”, viene alertando hace años acerca de la necesidad de un cambio de enfoque en la materia. Lomborg saludó el pronunciamiento de Bill Gates; en un artículo publicado en el New York Post (https://nypost.com/2025/10/31/opinion/bill-gates-climate-doomer-reversal-is-welcome-and-can-help-save-far-more-lives/) argumentó que “Gates ha ofrecido una reflexión clara: las cumbres climáticas como la COP30 deberían priorizar lo que realmente mejora la vida humana, y no solo perseguir reducciones en las emisiones o las temperaturas. Su punto de vista es, a la vez, oportuno y, francamente, de sentido común. Hace tiempo que defiendo que los responsables políticos siempre deberían preguntarse: ¿Cuál es la manera más inteligente de hacer el mayor bien con recursos limitados? Para miles de millones de personas en el mundo en desarrollo, abordar desafíos inmediatos como la pobreza y las enfermedades es más importante que perseguir objetivos de temperatura a largo plazo. En los países pobres, a los padres no les quita el sueño lograr una reducción de 0,1 °C en un siglo. Les preocupa si sus hijos sobrevivirán a un ataque de malaria o si recibirán una educación digna. Como señala Gates, «los mayores problemas son la pobreza y las enfermedades, como siempre lo han sido». Cada año, más de 7,5 millones de personas en países pobres mueren por enfermedades que podrían prevenirse o tratarse a muy bajo costo. Invertir de forma inteligente en salud, nutrición y educación podría salvar más de 4 millones de vidas anualmente, al tiempo que impulsaría el crecimiento y la resiliencia para el futuro”. 

Continúa Bjorn Lomborg: “El mensaje sensato de Gates se sitúa en la cúspide de un creciente cambio de mentalidad a nivel mundial. Durante años, no se toleraba ninguna diferencia con respecto al conformismo climático dogmático. Reducir drásticamente las emisiones a cualquier precio era el objetivo político primordial. Este mensaje extremista fue repetido hasta la saciedad por el secretario general de las Naciones Unidas, un sinfín de políticos y un ejército de celebridades que intentaban imponer su postura. Cualquiera que cuestionara la magnitud de la amenaza climática o expresara escepticismo ante las costosas políticas era ridiculizado como un «negacionista del clima».”

Y concluye señalando que “lo que los activistas ecologistas plantean esencialmente es que las personas pobres necesitan, ante todo, reducciones de emisiones, antes que más alimentos, medicinas o vías para salir de la pobreza. Bill Gates ha rebatido esta idea, instándonos a centrarnos en lo que realmente ayuda. Una cumbre climática centrada en el bienestar humano reconocería que impulsar la prosperidad es una de las mejores respuestas políticas al cambio climático, ya que fortalece la resiliencia de las personas. Como con cualquier política, debemos abordar el cambio climático centrándonos en lo que genera el mayor impacto”.

Frente a las expresiones de Gates y Lomborg es oportuno recordar las palabras de Indira Gandhi en 1972 en la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Humano de Estocolmo, cuando advirtió al mundo, y en especial a los países desarrollados, que "no hay peor forma de contaminación que la pobreza". 

  

Publicado en el diario La Calle el 23 de noviembre de 2025.

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